Papa Francisco y el mundo actual: palabras para tener en cuenta

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«Dedicada al tema de la hermandad y a la amistad social», describe muy superficialmente la prensa nacional la tercera encíclica del Papa Francisco, presentada en octubre del 2020. En rigor, surgida en medio de variados acontecimientos de protesta social en el mundo, todo subrayado luego con el surgimiento de la pandemia, «Hermanos todos» (o “Fratelli Tutti”) -el nombre del texto- es una profunda reflexión sobre la importancia de los proyectos colectivos y una severa crítica al individualismo capitalista. Se trata, más bien, de una mirada al hueso en torno al sistema socioeconómico global imperante.

Ya de las primeras páginas el texto es directo y claro: “Aumentó la riqueza, pero con inequidad, y así lo que ocurre es que nacen nuevas pobrezas. Cuando dicen que el mundo moderno redujo la pobreza, lo hacen midiéndola con criterios de otras épocas, no comparables con la realidad actual. Porque en otros tiempos, por ejemplo, no tener acceso a la energía eléctrica no era considerado un signo de pobreza ni generaba angustia. La pobreza siempre se analiza y se entiende en el contexto de las posibilidades reales de un momento histórico concreto”.

La encíclica es la piedra angular de cómo el Papa observa el mundo hoy, por lo que llama la atención –por ejemplo- la reciente defensa económica que hace el arzobispo de Santiago, el español Celestino Aos, en el Tedeum al “dar gracias” por “la subsidiariedad del Estado que respeta la autonomía de las organizaciones y colabora con ellas”, poniéndola como un “valor no negociable”.

Aos confunde el principio de subsidiareidad ya que la actual Constitución lo consagra desde un punto de vista especialmente discutible y básico, limitando la competencia del Estado al exclusivo desarrollo de actividades que a los privados no les interese poner en marcha.

Y en tal sentido, se encuentra entre uno de los principios más criticados de la actual carta magna creada en Dictadura y que se busca reformar en la Convención Constitucional. Aunque se han cambiado algunas cosas del máximo texto legal del país en los últimos años, lo cierto es que este punto de la subsidiareidad ha sido imposible cambiarlo.

En “Fratelli Tutti” el Papa Francisco es claro frente a este tipo de lógicas: “La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada. El principio del uso común de los bienes creados para todos es el primer principio de todo el ordenamiento ético-social, es un derecho natural, originario y prioritario. Todos los demás derechos sobre los bienes necesarios para la realización integral de las personas, incluidos el de la propiedad privada y cualquier otro, no deben estorbar, antes al contrario, facilitar su realización”.

Ironías de la vida

La renuncia del cardenal alemán Joseph Ratzinger a su papado de breves siete años como Benedicto XVI, en febrero de 2013, parece ser un paso más en la caída casi sin fondo de la Iglesia Católica. No sólo enfrenta problemas profundos por la corrupción en la curia y el descenso ostensible de seguidores en el mundo sino que, peor aún, la institución se encuentra intensamente desprestigiada por una larga e impresentable lista de casos de pedofilia escondida, y a veces hasta promocionada, por altos sacerdotes.

Sin embargo, la renuncia de Ratzinger – la primera en poco más de siete siglos- resulta ser una de las decisiones más audaces. Contra todos los pronósticos -que cifraban las expectativas papales en religiosos de Italia, Canadá, Estados Unidos, Brasil o España- el arzobispo argentino Jorge Mario Bergoglio se impone en el cónclave vaticano de 115 cardenales con derecho a voto de todo el mundo, aunque en su mayoría europeos, citados en marzo de 2013 para elegir un nuevo pontífice. Y se convierte en el primer papa jesuita, el primer latinoamericano en ubicarse en el sillón de Pedro, el primero no europeo y el primero en llamarse Francisco, e impone un estilo en el que –como una buena versión de “Cambalache”- se junta la soltura del tango con la circunspecta tradición vaticana, la frase campechana con la cita intelectual o el error profundo al que luego surge la solicitud de perdón. El papa Francisco las tiene todas.

Y es que el magisterio que construye tiene dos objetivos claros, según los analistas: cambiar la curia romana e invitar al pueblo católico a retomar un camino de confianza en su iglesia. Ambos puntos, bajo los nubarrones de uno de los peores temporales que ha sufrido la iglesia.

Pandemia

La pandemia no ha sido un escenario de excepción para conocer la mano de Bergoglio. A la publicación de “Fratelli Tutti” que –claramente- va mucho más allá del tema “de la hermandad y la amistad social”, suma acciones casi inéditas, como las palabras que dice sobre el cardenal Raymond Leo Burke, religioso estadounidense crítico de las vacunas y que en agosto reciente es hospitalizado a causa del Covid 19.

«La crítica a las vacunas es bastante extraña, porque la humanidad ha sido amiga de ellas a lo largo de la historia. Cuando éramos niños, nos vacunaron contra el sarampión o la poliomielitis. Todos fuimos vacunados y nadie protestó”, comenta con periodistas.

Y es que antes de ser hospitalizado con síntomas graves de Covid 19, Burke señala que las vacunaciones son “totalitarias” y repite la teoría conspirativa de que contienen “microchips ocultos”. El religioso, quien se recupera bajo una intensiva terapia, es uno de los nombres importantes del sector ultraconservador, contrario a las reformas del papa argentino.

«Hasta en el colegio cardenalicio hay algunos negacionistas de las necesarias vacunas y uno de ellos, pobre, está ingresado con el virus. Ironías de la vida”, dice el pontífice en su estilo.

Un par de ejemplos

En una entrevista concedida a “La Civiltá Católica”, revista oficial de la orden jesuita (a la que pertenece el papa), subraya un par de aspectos que aclaran más sus acciones pastorales.

Una de ellas es su especial cercanía con el concepto de “discernimiento” que propone el fundador de la orden, San Ignacio de Loyola. “No tener límite para lo grande, pero concentrarse en lo pequeño. Es una virtud que se llama magnanimidad y, a cada uno desde la posición que ocupa, hace que pongamos siempre la vista en el horizonte”, dice el pontífice.

La otra idea-fuerza se relaciona con su concepto de iglesia: “Veo la santidad en el pueblo de Dios paciente, entendiendo paciencia como la constancia para seguir adelante día a día. Una mujer que cría a sus hijos; un hombre que trabaja para llevar pan a la casa; los enfermos; los sacerdotes ancianos tantas veces heridos, pero siempre con su sonrisa porque han servido al Señor; las religiosas que tanto trabajan y que llevan una santidad escondida. La iglesia es la casa de todos, no una capillita en donde cabe sólo un grupo de selectos”, explica Francisco.

Para el analista del mundo vaticano Ignazio Ingrao, periodista de Panorama (Italia), el papa hace bien en instalarse comunicacionalmente con temas nuevos. “Claramente es un seguidor del Concilio II, que establece el hecho de no centrarse en convertir a la gente al catolicismo sino que desarrollar un testimonio concreto y coherente; lo otro es un efecto secundario y una consecuencia posible”, subraya.

De hecho, en “Frateli Tutti” el Papa Francisco aclara que “si bien la escribí desde mis convicciones cristianas, que me alientan y me nutren, he procurado hacerlo de tal manera que la reflexión se abra al diálogo con todas las personas de buena voluntad”. El documento, al menos, es muy actual en cuanto a los temas que se discuten en el mundo. Y constituyen unas palabras para tener en cuenta.

Sólo un par de ejemplos sobre el Covid 19: “Irrumpió de manera inesperada la pandemia de que deja al descubierto nuestras falsas seguridades. Más allá de las diversas respuestas que dan los distintos países, se evidencia la incapacidad de actuar conjuntamente. A pesar de estar hiperconectados, existe una fragmentación que vuelve más difícil resolver los problemas que nos afectan a todos. Si alguien cree que sólo se trata de hacer funcionar mejor lo que ya hacíamos, o que el único mensaje es que debemos mejorar los sistemas y las reglas ya existentes, está negando la realidad”.

Y, finalmente, sobre las experiencias colectivas, “si no logramos recuperar la pasión compartida por una comunidad de pertenencia y de solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y bienes, la ilusión global que nos engaña se caerá ruinosamente y dejará a muchos a merced de la náusea y el vacío. Además, no se debería ignorar ingenuamente que la obsesión por un estilo de vida consumista, sobre todo cuando sólo unos pocos puedan sostenerlo, sólo podrá provocar violencia y destrucción recíproca. El “sálvese quien pueda” se traducirá rápidamente en el “todos contra todos”, y eso será peor que una pandemia”.

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