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Con las altas temperaturas del verano, playas y piscinas se convierten en un destino frecuentado en forma masiva. “Hablar de verano es sinónimo de piscinas, playas, ríos y lagos, pero es en estos lugares donde se producen mayoritariamente las asfixias por inmersión, especialmente por una disminución del nivel de conciencia o imposibilidad de la víctima para nadar. En la mayoría de los casos se combinan las dos circunstancias”, señala el docente de la carrera de Enfermería de la Universidad del Pacífico, Gonzalo Guzmán Roa, quien es además enfermero del Servicio de Urgencia del Hospital San José de Melipilla.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el European Resuscitation Council (ERC), se producen 450 mil muertos al año por ahogamiento y se calculan 1,3 millones de vida perdidas al año. En Europa, por cada muerto se calculan de 1 a 4 accidentes graves con hospitalización. Es la tercera causa de muerte accidental en Estados Unidos, donde un 50% se produce en piscinas, un 20% en el mar y un 15% en el hogar.

A nivel nacional, las cifras relacionadas a este tipo de accidentes tampoco son muy alentadoras. En base al  Análisis Anual del Plan Nacional de Protección Civil en Playas y Balnearios, del período 2016/2017 de la Dirección General del Territorio Marítimo y de Marina Mercante, en Chile el número de bañistas accidentados alcanzaron a 375 personas, de los cuales el 6,1% de ellos tuvo consecuencia fatal, y donde un gran porcentaje de estos accidentes ocurre en las playas del litoral y muy pocos en ríos y lagos. Estos porcentajes alcanzan al 93,6% y 6,4% respectivamente. En el informe se menciona además que “el riesgo asumido innecesariamente por las personas hace aumentar notoriamente la proporción de accidentados, ya que una gran cantidad de ellos se podrían evitar, si solamente se concurriera a lugares habilitados para el baño, en donde se encuentran salvavidas y/o personal de la Armada y que la proporción de accidentados en lugares no habilitados alcanzó durante este periodo estival al 89,3”.

Entre las variadas situaciones que pueden precipitar el ahogamiento y que deben contemplarse en las víctimas de los accidentes por inmersión, Gonzalo Guzmán indica que están los traumatismos de cabeza y/o cuello tras lanzarse en aguas poco profundas, en las que una posible lesión cerebral o medular podría impedir que la víctima se mantuviera a flote. “El traumatismo suele ser un suceso que desemboca en un ahogamiento”, asegura el académico de Enfermería de la U. del Pacífico. Le siguen en la lista las enfermedades preexistentes, en las que se puede presentar una pérdida de conciencia, como por ejemplo: epilepsia, accidentes cerebrovasculares, hipoglucemia o enfermedad coronaria.

Luego, también como causales de ahogamiento, está la hiperventilación voluntaria o forma de aguantar la respiración de algunos nadadores. “Con la hiperventilación voluntaria que realizan algunos apneítas antes de sumergirse, es posible aumentar el tiempo de permanencia bajo el agua, pero la técnica inadecuada de apnea puede comprometer una pérdida de conciencia. Además, la hiperventilación puede dar lugar a una tetania y dificultar la natación”, advierte el profesional.

Tanto las drogas como el alcohol disminuyen la capacidad de respuesta ante una urgencia o emergencia. “Éstas acompañan al ahogamiento en un porcentaje muy importante de los casos, siendo su incidencia mayor en los adolescentes”, comenta el enfermero.

Por último, están los accidentes de embarcación, donde un porcentaje importante se produce en botes pequeños y fuera-borda. “La ingestión de alcohol y falta de chalecos salvavidas contribuyen de forma determinante”, asegura Guzmán.

Paso a paso

Para ayudar a tomar la mejor decisión frente a este tipo de accidentes, el enfermero y docente de la Universidad del Pacífico, Gonzalo Guzmán, se basa en la Guía 2015 de la International Liaison Committee on Resuscitation (ILCOR), que propone una cadena de supervivencia para el manejo del paciente que sufre asfixia por inmersión:

“Lo principal es prevenir la asfixia, por lo que se recomienda el uso de chalecos salvavidas, protecciones en piscinas u otro elemento que permita flotabilidad. Lo segundo es reconocer el peligro e identificar que la persona se está ahogando. Es en este momento cuando debe pedir ayuda a personal entrenado, activando el número de emergencia. Luego, entregar a la víctima elementos de flotación, si lo posee, ya sean salvavidas, boyas u otro elemento que permita a la persona afirmarse de él. Posteriormente retire a la persona del agua, siempre y cuando sea seguro para usted, y facilite que el paciente sea evaluado por personal entrenado”, enumera el profesional.

En caso de existir un ahogamiento, plantea que es clave la toma de decisiones rápidas para evitar que el cuadro empeore. “Reconocer si el paciente está consciente o inconsciente pasa a ser fundamental para dirigir el manejo”, dice Guzmán.

Si está consciente, la persona se debe sacar del agua, poner en una superficie firme (suelo) y comenzar con maniobras de reanimación básica lo antes posible. “Para la persona que está inconsciente, la reanimación dentro del agua tiene más posibilidades de éxito que arrastrar al ahogado a tierra, pero sólo es posible con un rescatista muy capacitado. Una vez en tierra, debe colocar a la persona de cúbito dorsal (boca arriba) con el tronco y la cabeza al mismo nivel”, explica el enfermero. Si está inconsciente, pero respira, se le debe colocar de cúbito lateral (de lado). “Si no respira,? la respiración boca a boca es esencial”, acota.

Si no hay respuesta, se asume que está en paro cardíaco y la persona debe ser sacada del agua con urgencia e iniciar la reanimación cardiopulmonar (RPC). “El paro cardíaco por ahogamiento se debe principalmente a la falta de oxígeno. Por ello es importante que la RCP siga la secuencia tradicional, comenzando con 30 compresiones del tórax y continuando con dos respiraciones y 30 compresiones del tórax, hasta que aparezcan signos de vida, ojalá con dos personas entrenadas”, sugiere el académico.

 

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