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¡Grande Cobreloa, Grande Cobreloa!, gritaba desaforado Rafael González, amante de su familia, su pega (como chofer de Extracción en la Mina) y, obviamente, del club que representa a los mineros de Chuquicamata y a los habitantes de la provincia El Loa en el fútbol profesional.

Su querido equipo, del cual era socio fundador, lograba un histórico resultado en el mítico Montevideo de Uruguay tras empatar 0 a 0 en la final de ida de la Copa Libertadores de América, esquivo torneo para los equipos criollos que sólo “miraban pero no tocaban” el máximo trofeo a nivel de clubes del continente.

Wirth, Soto, el “Mocho” Gómez, Tabilo, Alarcón, Escobar, Letelier, Merello, Puebla, Siviero, y el “Trapo” Olivera sacaban adelante la tarea y le daban una nueva alegría a Chile y a la familia de Rafael que, enloquecido, corría por las calles de la Población Las Normac gritando ¡dale campeón, dale campeón”, augurando un venturoso futuro para el equipo de sus amores.

“Viste mujer, que podemos ser campeones. Es ahora o nunca”, le decía a Mireya, su esposa y compañera desde los 17 años de edad.

“Tranquilo hombre, todavía falta un partido y puede pasar cualquier cosa”, le respondía ella, tratando de bajar las pasiones de su marido que prometía echar la casa por la ventana si los dirigidos del “Viejo” Cantatore lograba dar la vuelta olímpica en la Libertadores con sus “monstruos”, como los llamaba el ex jugador de Santiago Wanderers y Rangers.

Terminada la transmisión en la TV a cargo de Carcuro y Livingtone, la radio pasaba a tomar protagonismo. Juan Carlos Carabantes y Mario Lira, a través de la radio El Loa, acompañaban ahora los eufóricos hinchas. “Mineros, amigos, habitantes de El Loa, sepan que hoy Cobreloa hizo historia aquí en Uruguay. Sólo quedan 90 minutos para confirmar que somos los mejores de América”, relataba desde una de las casetas Carabantes mientras Lira abría camino rumbo a los camarines del mundialista estadio charrúa para conversar con las estrellas del momento.

Ya era tarde y había que dormir. El partidazo de los Zorros del Desierto comenzaba a quedar atrás en la memoria y corazón de Rafael, pues ya era medianoche y el turno en la Mina lo esperaba a las 5 AM. El bus por su casa pasaban una hora antes para recogerlo y llevarlo a la pega.

“No olvides echarme la cazuela que tanto me gusta con perejil”, le recordaba el minero a su mujer. “No gordo, no te preocupes que ya eché la vianda al bolso. Vaya a dormir que la noche será corta para usted”, le recordaba Mireya.

La premisa se hizo realidad. En un cerrar y abrir de ojos Rafael se levantó para tomar el bus que lo llevaría a su trabajo. El sueño sólo lo aliviaba el positivo resultado de su equipo, que se encargó de refregarle a cuando compañero colocolino se le cruzaba.

“Ustedes no pudieron ante Independiente el 73. Ahora nos toca a nosotros que seguramente no arrugaremos en la final como el indio”, se mofaba Rafael de su amigo Héctor Vásquez, hincha acérrimo del elenco albo.

“Cuidadito, que en la puerta del horno se les puede quemar el pan”, le respondía Vásquez a su compadre, mientras arribaban a los gigantescos camiones de extracción para comenzar una nueva labor en la mina a rajo abierto más grande del mundo, Chuquicamata.

Aprovechando las radios de telecomunicaciones, Rafael ampliaba su campaña para conglomerar más simpatizantes naranjas y seguir recordándole a todo el mundo que Cobreloa estaba a “un pelo” de levantar la Libertadores.

Coincidentemente, en su área de trabajo también estaba Carlos Maragaño, uruguayo de nacimiento, chileno por adopción, tras llegar en la década del 70 a probar suerte al árido norte.

En su natal tierra no se perdía partido de Peñarol. “Hincha mirasol hasta los huesos”, reconocía quien pasaría a convertirse en principal candidato a la hora de cruzar apuestas para el duelo de revancha entre loínos y mirasoles. Por lo mismo no extrañó que en el primer encuentro entre González y Maragaño se sellara un explicito acuerdo: el perdedor debía ponerse la camiseta del contrincante y correr desde la garita de ingreso a Chuqui hasta la gruta de la Virgen de Lourdes, gritando a todo pulmón: ¡soy el nuevo campeón de América, soy el nuevo campeón de América!. Vásquez y el resto de la guardia “Ramón Cofré” se convertían en ministros de fe de tan original acuerdo.

La semana pasó rápida. Cobreloa se concentraba en el complejo deportivo Juan Pinto Durán (el mismo que usa la Selección Nacional) para el partido más importante de su corta vida institucional. Desde allí la delegación fue acompañada con vítores, cantos y banderas naranjas hasta el mismísimo estadio Nacional que estaba copado por cerca de 70 mil almas una hora antes del inicio del cotejo.

“Desde esta bendita tierra te acompaño mi Cobreloa querido. No tengo dudas que la Copa te traerás para la alegría de tus seguidores y de los mineros como yo”, declaraba González mientras ubicaba el televisor para gozar, sufrir y soñar con tocar la Libertadores por primera vez para el fútbol chileno.

La radio El Loa comenzaba su transmisión especial. Dos horas antes del inicio del partido ya enlazaba con la provincia minera lo que sucedía en el escenario del partido. “Hoy la historia puede ser por fin nuestra aliada. Que Dios escuche nuestros ruegos”, declaraba eufórico uno de los componentes del equipo deportivo, traspasando el nerviosismo y la emoción a los auditores que seguían con atención lo que se vivía en Santiago. Obviamente uno de ellos era Rafael, quien junto a su amigo y compañero de labores Héctor Vásquez, no se perdía ningún detalle de lo que ocurría con su equipo y del rival de turno que de finales y definiciones con tinte dramático sabía y mucho.

La radio y luego el televisor, con transmisión conjunta de Televisión Nacional de Chile y Canal 13, se convertían en la voz cantante de lo que sería una reñida final. Muestra de aquello era el nerviosismo que se vivía en la casa de los González Pérez. Sólo las fuertes sirenas de los camiones de la mina y el tren que transporta las barras y cátodos de cobre desde el mineral hasta Antofagasta, rompían el silencio de las calles del mismo Chuquicamata, Calama y alrededores.

Los minutos pasaban y el marcador del sector sur del Nacional no variaba. Se mantenía el 0 a 0 y la tensión aumentaba a medida que avanzaba el reloj y se acercaba la finalización del duelo.

“Señoras y señores, Cobreloa bregó ante un corajudo rival pero no pudo. Creo que la Libertadores se definirá en un tercer partido de desempate, que se jugará en Buenos Aires el primer viernes de diciembre. Ese es el pálpito que tengo después de vivir el 0-0 del Centenario de Montevideo en la ida y observar hoy el marcador en blanco en Ñuñoa cuando ya se juega el minuto 88 de partido”, relataba Carcuro.

Las palabras del comentarista deportivo terminaban por desmoronar la ilusión de Rafael que –en complicidad con el cansancio y el sueño – lo llevaron a dejar fugazmente el living y, como alma en pena, dirigirse silente hasta su dormitorio, sin querer saber de nada ni de nadie. La puerta cerrada y los tapones en sus oídos daban cuenta de tal determinación.

El bullicioso despertador indicaba que era hora de levantarse para una nueva jornada de trabajo. El ánimo era muy distinto al existente la vez anterior. Ya no existía ni la talla ni los cánticos alegres. El día no empezaba bien ni tampoco lo sería el final.

“Compadre, le tengo malas noticias”, apuntaba su amigo Vásquez, con quien se encontró en la zona de embarque de camiones. “Cobreloa no pudo con los uruguayos y perdió la final anoche”, le comentaba.

“No me vengas con ese tipo de bromas ahora. Ni menos tú que eres mi compadre”, respondió molesto González.

“Hablo en serio. Cobreloa cometió una serie de errores, se fue al ataque y permitió el gol de contragolpe de Fernando Morena, en el último suspiro del encuentro. Si no me crees, pregúntale a cualquiera aquí”, replicó Vásquez para terminar con la incredulidad de su amigo, quien sólo atinó a subirse al camión y esperar el término del turno sin escuchar noticias ni a nadie más.

Sólo una vez en casa, el informe deportivo del creíble Julio Martínez echaba por tierra la escasa ilusión que le quedaba en su mente y corazón. “No se pudo, no se pudo”, replicaba Mireya, mientras su marido estallaba en un llanto desconsolado, como si hubiera perdido a un ser querido.

“No puede ser que esa maldita jugada nos prive de festejar el primer torneo internacional para el fútbol chileno. Es un día muy triste que nunca olvidaremos los cobreloínos de corazón”, agregaba, sin encontrar explicación ni consuelo alguno por lo sucedido esa fatídica noche en el Nacional.

Tras unos minutos, se levantó y de la mano con Mireya se fue hasta la casa de los Maragaño. Fue el mismo dueño de casa quien los recibió. “Fueron dignos rivales pero con la historia no se juega”, le dijo quien lucía la camiseta negriamarilla número 11 de Peñarol.

“Tengo el corazón roto, pero los mineros somos hombres de palabra y cumplimos lo que acordamos. Dame tu camiseta que mi apuesta pagaré. Ojala algún día tengamos la revancha”, replicó Rafael a su alegre contendor.

Tras ello, cumplió tal cual lo establecía el protocolo. Se puso la camiseta del contrincante, corrió desde la garita de ingreso a Chuqui hasta la gruta de la Virgen de Lourdes, y gritó a todo pulmón: ¡soy el nuevo campeón de América, soy el nuevo campeón de América!.. Todo por culpa de un tal Morena.

Relato escrito por el periodista Hugo Marambio Miranda y publicado en el Libro de Cuentos Mineros, obra financiada por el 2% de Cultura 2011 del FNDR y apoyada por Minera El Abra, empresa operada por Freeport McMoRan, y la Corporación de Cultura y Turismo de Calama.

 

 

 

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